martes, 9 de noviembre de 2021

Las hadas de Villaviciosa.

 Historia

Las hadas de Villaviciosa de Odón

Ir a la navegaciónIr a la búsqueda
Fuente de las Hadas, en Villaviciosa de Odón (escultora: Pilar Cuenca)

Las hadas de Villaviciosa de Odón (ed. Anaya2004ISBN 978-84-667-3687-9)1​ es una obra de la escritora María Luisa GefaellPremio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil de España (1950).

Esta historia está considerada como una de las obras de referencia y un clásico de la literatura infantil española. Fue escrita y publicada por primera vez en 1953 (fecha en la que la autora vivió en Villaviciosa de Odón con sus hijas) y ha estado descatalogada desde hace casi 20 años.

La nueva edición recupera las ilustraciones originales, realizadas por el pintor Benjamín Palencia (uno de los principales artistas de la época, fundador de la llamada Escuela de Vallecas) y presenta además un prólogo de Arturo González y un epílogo de Pedro Cerrillo.

Sinopsis[editar]

La historia se divide en diez capítulos o relatos, en los que la realidad y la imaginación se funden y en donde las hadas que vivían en el entorno del bosque son los personajes principales.

Hadas del mar que se pierden y aparecen en el río; otras que convierten áridos paisajes en campos de flores. Hadas que se enamoran y se equivocan en el tiempo... Y también hadas musicales que transforman a zapateros remendones en cantaores de seguidillas.

Curiosidades[editar]

Las hadas de Villaviciosa de Odón sentó, sin duda, un precedente en la literatura infantil española, al acercar la fantasía a localidades reales y próximas de nuestra geografía, en vez de situarla en lugares exóticos y lejanos. Una línea que han seguido posteriormente otros autores contemporáneos, como Rubén Serrano y su libro Los duendes de Navalcarnero.

FUENTE: Las hadas de Villaviciosa de Odón - Wikipedia, la enciclopedia libre



EPÍLOGO a Las hadas de Villaviciosa de Odón, de Mª Luisa Gefaell Por Pedro C. Cerrillo 
 Estas diez deliciosas historias de hadas que el lector acaba de tener en sus manos nos han presentado un mundo poblado por hadas de siempre: hadas eternas y conmovedoras, emotivas y familiares, fantásticas y mágicas; pero ese tradicional mundo de las hadas se nos ha ofrecido recreado con elementos radicalmente nuevos, por medio de los que la autora acerca esos personajes universales al mundo de la cotidianeidad: las hadas viven en Villaviciosa de Odón (conviene recordar que Mª Luisa Gefaell dedica el libro a sus hijas Sol y Maitina, en recuerdo del verano que pasaron, en 1952, en esa localidad madrileña); tan cotidiana y cercana es la residencia de las hadas, como lo es la aparición de unos pastores del cercano pueblo de Boadilla, o la intervención de la banda de música de San Lorenzo de El Escorial.

Las hadas, como personajes mágicos que son, pueden cambiar las cosas y los estados de ánimo; lo que sucede es que las hadas de Mª Luisa Gefaell tienen –además– sus propios estados de ánimo, porque son de este mundo, de la provincia de Madrid, y son libres, y alegres, y sentimentales, y besuconas, y compañeras, y enamoradizas...En el universo de estas hadas madrileñas acontecimientos tan habituales y cotidianos, como la época del riego o la existencia de un melonar, se convierten en mágicos y excepcionales; en ese universo la coles hablan y es posible que un hombre se sienta ángel, aunque no termine de saber cuál es el cometido que corresponde a los ángeles. 

Todas esas hadas forman parte del paisaje en que se ambientan las historias del libro. Son hadas que bailan o caminan por la sierra, bien es cierto que en unos escenarios de la provincia de Madrid que, pasados cincuenta años desde la primera edición del libro, los niños de hoy difícilmente podrían reconocer. Es especialmente interesante el contraste que supone la descripción de momentos concretos de la vida cotidiana de ese pequeño pueblo y la capacidad para la fantasía que es propia del mundo maravilloso de las hadas, como cuando, en “Las hadas del melonar”, las niñas afirman que conocen muy bien a las hadas Celinda y Fernanda, amigas de Manolo, el guarda de los melones, que es “un hombre como todos” y que, por ser amigo de las hadas, no es un hado, expresión que la autora, con un punto de ironía, pone en boca de una de las niñas. 

Hadas y misterio. Hadas y encantamientos. Hadas y mundos soñados o imaginados. Hadas vivas y niñas pequeñas naciendo al mundo. La maravilla del mundo infantil detenido en el tiempo por la mano firme, pero sensible, de un adulto que ha sabido captarla en toda su dimensión. El tiempo que no pasa, que es eterno en ese instante mágico y cruelmente pasajero cuando nos damos cuenta que nuestros niños crecen, los paisajes soñados cambian y algunos seres queridos se nos van para siempre. Pero no hay que llorar –dice Mª Luisa Gefaell, en el prólogo que incluyó a la edición de su libro de 1979–: Porque siempre quedará un niño o algún poeta para encontrar tesoros, milagros o hadas en esta tierra dura, por este cielo anchísimo. 


Estas deliciosas hadas, del Mar y de la Tierra, del Sol y de la Luna, del Agua y del Viento, de la Música, de Monreal y de la Sierra, incluso de un Melonar, pueden ser verdes y azules, alegres y tristes, pueden correr y bailar, dejarse ver o esconderse, confundirse con las olas o con los delfines, meterse en nuestro cuerpo o tener como padre al Sol: de algún modo, es la consecuencia de un cierto compromiso de la autora con la realidad que representa la naturaleza más inmediata. 

Estas hadas son la vida misma, y son la alegría y la esperanza cuando están presentes; pero pueden ser también la tristeza cuando no están, como en “Las hadas del mar”: 

Una vez se le escaparon las hadas al mar. Se le fueron por la boca de un río, tierra adentro, riéndose como locas por el agua del río. Y el mar se quedó quieto y triste, sin saber qué le había pasado. Incluso esas hadas pueden llegar a ser un revulsivo para la melancolía de algunas personas, como la señorita Encarnación (en “Las hadas del Viento del Oeste”): La empujaban –las hadas– para que caminase por el mundo; y estaba el mundo hermoso esta tarde, ancho y dorado, lleno de hadas, a punto de soltarse en mil pedazos para ponerse a bailar. 

Frente a la Literatura Infantil encorsetada en las lecciones de instrucción reglada o en los preceptos morales, tan frecuentes en las escuelas españolas de hace cincuenta años, Mª Luisa Gefaell ofrece unos textos en los que la frontera entre realidad y fantasía no está delimitada totalmente, o en donde lo soñado y lo mágico tienen cabida junto al mundo de la cotidianeidad que viven las niñas protagonistas del libro y sus padres en el pueblo en que pasan sus vacaciones de verano. 

Gefaell apuesta, decididamente, por la imaginación, a menudo expresada en magníficos aciertos, como en la imagen de “Las hadas de la luna”, cuando ésta, llena de hadas, se asoma por detrás de un alto montón de paja de las eras del castillo, y va soltando esas hadas que tienen comportamientos humanos: se duermen, besan en la mejilla, curiosean, se asustan..., incluso juegan al corro. Mª Luisa Gefaell se refirió, en cierta ocasión, al hecho de escribir expresamente para niños: 

No creo en una literatura para niños, o para mujeres, o para ingenieros de caminos; no creo en una literatura para, sino desde: son libros buenos para los niños los que se han escrito desde el niño que aún llevamos dentro, y se han hecho con amor, y exigencia, y oficio.

 Eso es lo que, precisamente, hace Gefaell en este libro. Y lo hace con la eficacia de un lenguaje preciso, sin adjetivos innecesarios y sin dilaciones en la narración; un lenguaje hermoso, rítmico y sugerente, enlazando con la mejor tradición del cuento maravilloso; un lenguaje que envuelve a personajes caracterizados en cuatro pinceladas eficacísimas, que comunica descripciones detalladas –a veces, minuciosas– y llenas de colores, sonidos y percepciones diversas, y que presenta hechos fantásticos que se suceden con toda naturalidad, porque, como dijo José Luis Aranguren, al poco tiempo de aparecer el libro por primera vez:  Las hadas de Mª Luisa Gefaell no están ya separadas de las cosas, sino que son las cosas mismas.

 El lector atento habrá disfrutado con pasajes del libro que resultan ser hallazgos especialmente felices, como la referencia al origen de Villaviciosa de Odón, con la historia de los hijos de Odón que espantaban hadas y derribaban bosques para satisfacer sus caprichos. O como la aparición de Celinda y Fernanda, las hadas del Melonar –ya mencionadas antes– que están aprendiendo a ser hadas y que, como todavía no tienen la varita mágica que les ayudaría a hacer las cosas mágicas propias de su oficio, practican soplando en las flores para que salgan melones; a los ojos de las niñas, que son las que “ven” a esas hadas, cuando soplan flojo salen melones, pero cuando soplan fuerte salen sandías. 

En el libro de Gefaell todas las cosas pueden tener dentro un hada, por eso las niñas encuentran hadas en los sitios más increíbles. La imaginación se adueña de los relatos desde el primer momento: de ese modo, podemos explicarnos que, cuando una de las niñas quiere pescar, la madre le diga: 

 -Pues ata a ese palito uno de los lazos de tus trenzas y busca algún cubo, para que piquen los peces. Pero la narradora afirma enseguida que: En el arroyo de la Vega no hay peces; lo sabe la madre y lo sabe la niña. Pero, si la niña quiere pescar, ¿no subirán peces aguas arriba, desde el mar, por el Tajo...? Cuando la imaginación y el sueño se imponen, aunque la realidad es difícil que pueda dejar de serlo, es posible que aparezcan en ella las fantasías que nacen del convencimiento que aportan los deseos firmes, o los sueños infantiles, o el juego decidido; por eso, las niñas de Mª Luisa Gefaell le dicen:

 -¡Mamá, por poco vemos un hada! Y la madre les confirma después:

-Todas las cosas pueden tener dentro un hada. 

Si a ti, lector, te ha gustado este libro, te sugerimos que leas otros de la misma autora; nos permitimos recomendarte dos de ellos: La princesita que tenía los dedos mágicos (Premio Nacional de Literatura Infantil en 1950), una colección de cuentos breves escritos en un lenguaje sencillo pero muy sugerente. Y Antón Retaco (1956), un libro lleno de ingenuidad y de fantasía, en el que el mundo de lo real y el mundo de lo ideal se dan, fácilmente, la mano, destacando los valores eternos, pero a menudo olvidados, de la tradición y la cultura populares, así como la reivindicación de un arte tan antiguo como casi olvidado, el de los títeres, con toda su magia y su capacidad de encantamiento, sobre todo en el mundo de los niños. Mª Luisa Gefaell (1918-1978), española de origen austríaco, madre de tres niños, empezó a escribir cuentos para complacer las peticiones de sus hijos, algo que nunca ocultó: 

En realidad escribo para mis niños (...) Realmente sólo sé qué clase de libros me gusta que lean mis niños –libros que despierten y ayuden su imaginación, que les pongan delante, de alguna forma, la belleza del mundo, la bondad, la ternura...

– Cuando no encuentro bastantes libros de los que me gustan, trato de escribírselos yo. También se refirió, en otra ocasión, a esos cuentos que las madres inventan cualquier tarde, cuando los niños, ya cansados, demandan otros divertimientos diferentes a los que pueden jugar ellos solos: Siempre he pensado en la cantidad de imaginación, de invención, de ternura, que derrochan las madres en esas tardes de “repaso de ropa” con sus niños; incluso madres con muy poca formación literaria o cultural. 

A Mª Luisa Gefaell le deberemos agradecer siempre que llevara a la práctica, como escritora, su idea, firmemente arraigada, de que la Literatura Infantil, se escribe desde el niño que aún llevamos dentro, dignificando una literatura que, en aquellos años en que ella escribió Las hadas de Villaviciosa de Odón, estaba sobrada de doctrinas, lecciones, ejemplos y moralidades

FUENE EPÍLOGO a (uclm.es)

No hay comentarios:

Publicar un comentario